jueves, 1 de diciembre de 2016

Los santos prohibidos: 5 (de 7) San Guinefort, (el perrosanto)




Fue fábula o cuentecillo que se hizo muy popular durante la Edad Media. Seguro que cuando se la cuente les sonará. Aunque ya circulaban versiones anteriores, vamos a quedarnos con la versión que puso por escrito Étienne de Bourbon (aunque le gustaba firmar como Stephanus de Borbone, muy pedante él). Este monje dominico e inquisidor fue entre 1223 y 1250 predicador general, cargo de cierta importancia gracias al cual recorrió buena parte de la Francia actual. Redactó un grueso volumen llamado “Tractatus de diversis materiis predicabilibus” (actualmente se encuentra en la Sorbona, por si tienen curiosidad. El fácil de reconocer: Lo tienen atado con cadenas para evitar su robo. Como los libros más peligrosos de cierta biblioteca....) El libro en cuestión pretende ser un catálogo de los errores de la fe, pero se queda en una recopilación de más de 3.000 relatos cortos, escritos con intención ejemplarizante, a menudo con moraleja, muy ameno para los que nos gustan estas cosas.

Según el relato Guinefort vive con su amo, el señor del castillo de Villars-les-Dombes. Éste tiene un niño de pocos meses, y Guinefort acostumbra pasar las tardes en la habitación donde está la cuna, custodiándolo (supongo que sale más barato que contratar una niñera). Un día que el señor se ha ausentado se encuentra al volver la cuna volcada, al niño que no aparece por parte alguna y el perro que viene a saludarle, alegre como hacen siempre los perros... con sangre en el hocico. Convencido de que Guinefort ha matado al niño saca la espada y lo atraviesa sin dudar. Entonces oye un llanto: El niño está escondido tras un tapiz, donde lo ha dejado el perro, y la sangre es de una víbora que se había colado en la habitación. El perro no era el asesino del niño... sino su salvador. Arrepentido vuelve ante el perro, que agoniza y que con sus últimas fuerzas mueve levemente la cola y le lame la mano. Todo muy perruno. Sea como fuere, el señor del castillo mandó que le hicieran una tumba de hombre, pues mejor que muchos hombres había sido, y pagó a juglares para que narraran su historia y fuera por todos conocida. Guinefort fue considerado un protector de niños, y su tumba un lugar de veneración, a la que el pueblo va en romería el 22 de agosto, día de su muerte según la tradición, a rogarle por la protección de sus hijos, sobre todo si son de corta edad. Ni que decir tiene que la cosa no acabó muy bien: La Iglesia consideró que esto de hacer mártir y santo a un perro era herejía de las gordas, así que destruyó la tumba, no sin antes desenterrar los restos del pobre perro y quemarlos, como sutil indirecta a quien continuase con esta tontería de culto.

No debieron los labriegos de la zona terminar de pillarlo, que están documentadas romerías al lugar donde se supone que estaba la tumba hasta 1930, en que se hizo la última. Por si tiene curiosidad la oración que hay que hacerle es:

Sant Guinefort, protégenos de los idiotas y de las serpientes malvadas

Amén.

Proxima entrega:: San Foutin. (el del falo)

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